La máquina del tiempo

De un tiempo a esta parte, el subte ha sido objeto de promesas de campañas electorales y prenda de división entre los argentinos. Los subtes pertenecen a la Ciudad y es su responsabilidad garantizar su continuidad. Pero esta no es una nota que busque el debate. Por el contrario, es una invitación, como es costumbre por parte de quien escribe, a realizar el ejercicio de la memoria para que nos permita comprender que todo sistema de transporte acompaña siempre el devenir de un pueblo y como éste crece y se desarrolla o se estanca y se deteriora al ritmo de su economía.

En poco más de un año se cumplirá el primer centenario desde la inauguración del primer subte de América Latina, cuyo recorrido iba desde Plaza de Mayo hasta Plaza Miserere. Su origen se enmarca en la historia del transporte argentino y tiene como escenario la Ciudad de Buenos Aires, que en sus inicios supo ser la Capital Federal de los Argentinos. Aquí un breve recorrido por sus primeros años.

Corría el año 1909 en aquella argentina “prospera y oligárquica”, como enseñan los manuales de historia,  cuando llegaba al Concejo Deliberante Porteño un proyecto del intendente Manuel Guiraldez el cual buscaba modernizar el sistema de transporte de la ciudad. La iniciativa tenía por objetivo crear el primer subte del continente americano.

El 28 de diciembre de ese mismo año los diarios de la época informaban que se otorgaba a la Compañía de Tranvías Anglo-Argentina (CTAA) un contrato para construir y explotar tres líneas de subterráneos por 80 años. Si bien el contrato establecía que la CTAA debía emplazar los ramales  Plaza de Mayo-Primera Junta (actual línea A), Constitución-Retiro (actual línea C) y Plaza de Mayo-Palermo (parte de la actual línea D); sólo se concretaría la primera y en sociedad con Ferrocarriles del Oeste.

El 15 de septiembre de 1911 se iniciaron las obras sobre la Avenida de Mayo. Con una inversión inicial de más de 20 millones de pesos se contrataron 1500 obreros y se adquirieron  31 millones de ladrillos, 18 mil toneladas de cemento, 13 mil toneladas de hierro y 90 mil metros cuadrados de capa aisladora.

Finalmente, tras dos años de obra y cuatro desde la aprobación del contrato para su construcción, el 1 de diciembre de 1913, con la presencia del entonces presidente de la república Victorino de La Plaza, se pone en marcha oficialmente, la primera formación de subtes que une Plaza de Mayo con Plaza Miserere.

Hacia 1914 se inauguran dos estaciones más, Rio de Janeiro y Estación Caballito, renombrada esta ultima en 1923 bajo el nombre Primera Junta, a partir de la cual,tiempo después,  se construye una rampa que, no solo  permite a las formaciones salir a la superficie y transitar dos kilómetros hasta los talleres ubicados entre las calles Emilio Mitre y Josè Bonifacio; sino que además, facilita la continuidad del servicio mixto (subte-tranvía) hasta Avenida Rivadavia y Quirno.

Actualmente por esas vías la Asociación Amigos del Tranvía realiza el tour del Tramway Histórico de Buenos Aires.

Las primeras formaciones provenían de Bélgica, de la empresa La Brugeoise y fueron encargados 115 coches por la CTAA. Si bien llegaron al país dos modelos que diferían en su carrocería, ambos contaban con iguales características técnicas. La primera serie (coches numerados del 5 al 50) llegan al inaugurarse el servicio, a mediados de 1913,  en total fueron 33; y la restante en 1919 (coches numerados del 51al 120).

Las formaciones median 15 metros de largo, 2,6 metros de ancho y 2,38 de alto en su interior; las mismas estaban construidas en madera y tenían una capacidad para 42 pasajeros sentados y 140 de pie, quienes ingresaban por puertas corredizas que se abrían de forma manual. El interior de cada vagón estaba revestido de madera y chapa enlozada y sus asientos eran de madera.

Estas formaciones, aunque modificadas y puestas al día, continúan en servicio realizando el mismo recorrido de Plaza de Mayo a Primera Junta. Sin lugar a dudas, entrar en cualquiera de las estaciones de la Línea “A” es ingresar en una máquina del tiempo que nos transporta al siglo pasado a la vez que realizar el viaje en las viejas formaciones de La Brugeoise es un ejercicio de memoria que hasta el turista disfruta.